feat(renaser): Fase 10 — alta y baja de aplicaciones en vivo

El censo de aplicaciones deja de fijarse en el arranque: una app puede
nacer o cerrarse con el reactor ya en marcha.

- El reactor admite NACIMIENTOS en vivo: cola `NACIMIENTOS` +
  `engendrar()`, drenada al inicio de cada vuelta de `run()`;
  `Task::adoptar` acoge un futuro ya empaquetado.
- `Alt+Q` (`Mando::Cerrar`): baja limpia. El compositor saca la
  ventana enfocada del teselado y del orden-Z; la app advierte la
  baja (`ventana_cerrada`) y concluye su tarea — su memoria, su
  combustible y su canal de teclado se liberan. Sin baliza.
- `Alt+N` (`Mando::Lanzar`): alta en vivo. `nacer_ventana` añade la
  ventana y entrega su índice; el orquestador instancia el WASM y
  engendra su tarea. Las apps de génesis dejan su bytecode cacheado
  como `Plantilla`; cada `Alt+N` instancia una en rotación.

Verificado en QEMU (sendkey): tres Alt+N hacen crecer el escritorio
de 5 a 8 ventanas; tres Alt+Q lo reducen de 8 a 5. Kernel estable.

Co-Authored-By: Claude Opus 4.7 <noreply@anthropic.com>
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@@ -414,6 +414,26 @@ Y hubo una regla pequeña y elegante: el cuarto flotante en que se posa la
mirada sube siempre al frente. Mirar algo, en esta casa, es traerlo a primer
plano.
## La casa que respira — inquilinos que llegan y se van
Una casa de verdad no tiene un número fijo de habitantes para siempre. Llegan
nuevos, se marchan otros; la casa se acomoda. Hasta hoy, la de renaser era de
censo cerrado: sus inquilinos entraban todos a la vez, al amanecer, y sólo se
iban si tropezaban. No se podía invitar a nadie más, ni despedir a nadie en paz.
Hoy la casa aprendió a respirar. Con una tecla se invita a un inquilino nuevo:
aparece su cuarto, los demás se corren para hacerle sitio y se instala con sus
cosas. Con otra tecla se despide al inquilino del cuarto en que está puesta la
mirada: recoge en silencio, su cuarto se desvanece y el espacio que deja lo
reparten los que quedan. Una despedida serena —no un tropiezo, no una alarma—:
simplemente, ya no está.
Para que un inquilino pudiera llegar tarde, el ama de llaves —el reactor— tuvo
que cambiar una costumbre. Antes apuntaba a todos en su libro al abrir la casa
y no volvía a tocar la lista. Ahora tiene una bandeja donde van dejándose los
recién llegados, y en cada ronda la mira y les da su sitio. La casa ya no se
escribe entera de una vez: se va escribiendo, día a día, mientras se vive.
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*El diario continúa. La próxima página la escribirá la próxima jornada.*