feat(renaser): Fase 11 — el reloj del sistema como capacidad de host
El userspace gana un sentido del tiempo: hasta ahora una app solo sabía cuántas veces la habían llamado, no cuánto tiempo había pasado. - Capacidad `sys_tiempo_mono() -> u64` — la décima función del host: los milisegundos monótonos desde el arranque. `reloj` expone la cuenta del PIT (100 Hz) como `milisegundos()`; `env` la inyecta. Lectura pura, no toca la memoria del módulo, jamás retrocede. - App nueva `pulso` (`apps/pulso/`, wasm32): un compás visual cuya escena es una función PURA de `sys_tiempo_mono` — sin estado entre fotogramas—. Dos instancias laten al unísono nazcan cuando nazcan. - `GENESIS` crece de 5 a 6 apps; `pulso` es la maestra del escritorio. Verificado en QEMU (sendkey): la barra de `pulso` avanza con el tiempo de pared; un segundo `pulso` lanzado con Alt+N ~15 s después aparece sincronizado con el primero — el compás se rige por el reloj absoluto, no por una cuenta de fotogramas. Co-Authored-By: Claude Opus 4.7 <noreply@anthropic.com>
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@@ -434,6 +434,26 @@ y no volvía a tocar la lista. Ahora tiene una bandeja donde van dejándose los
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recién llegados, y en cada ronda la mira y les da su sitio. La casa ya no se
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escribe entera de una vez: se va escribiendo, día a día, mientras se vive.
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## El sentido del tiempo — un reloj para los inquilinos
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Los inquilinos de la casa sabían hacer su trabajo, turnarse, recordar entre
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sesiones. Pero había algo que no sabían: qué hora era. Vivían en un presente
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sin medida —cada uno contaba las veces que lo habían despertado, y nada más—.
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Dos inquilinos que empezaran la misma tarea en momentos distintos no tenían
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forma de ir a la par.
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Hoy la casa les regaló un reloj. No uno para cada cuarto: uno solo, en el
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recibidor, que todos pueden mirar. Marca, sin más, cuánto hace que la casa
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despertó. Quien quiera saber la hora, la mira; quien no, sigue a lo suyo.
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Y para estrenarlo llegó un inquilino nuevo, «pulso», que no hace otra cosa que
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mirar ese reloj y dibujar su paso: una luz que recorre un riel, una y otra vez,
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con un compás de seis segundos. Lo hermoso es lo que ocurre al invitar a un
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segundo «pulso» mucho después: no empieza su recorrido desde el principio —se
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incorpora justo donde va el primero, al instante, como dos bailarines que oyen
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la misma música—. Porque ninguno lleva su propia cuenta: ambos miran el mismo
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reloj del recibidor.
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*El diario continúa. La próxima página la escribirá la próxima jornada.*
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