feat(renaser): Fases 8b y 8c — el escritorio interactivo

El compositor de la 8a teselaba, pero era inmovil. Las 8b/8c lo hacen
vivo: el teclado reordena el escritorio y mueve el foco en caliente.

- Cache de fotogramas: cada ventana guarda en RAM del kernel su ultimo
  fotograma —reservada una vez, acotada al lienzo natural—. Al re-teselar
  o mover el foco, el kernel recompone desde la cache: las apps que solo
  pintan en init (cronista) conservan su imagen sin enterarse del cambio.
- compositor: el registro ESCRITORIO (ventanas, marcos, caches, modo);
  presentar_fotograma, desalojar, atender_mandos, ciclar_layout,
  mover_foco. Foco en un AtomicUsize, mandos en una cola lock-free.
- teclado: la IRQ1 deja de difundir. Alt es el modificador del sistema —
  Alt+Espacio cicla el teselado, Alt+J/K mueven el foco—; una tecla
  ordinaria va SOLO a la app enfocada (CANALES reindexado por indice_app).
- consola: borde de foco (indigo / gris) en cada marco.

Guardarrail anti-interbloqueo: la IRQ1 jamas bloquea ESCRITORIO; se
comunica por dos atomicos y una cola lock-free. Las caches se reservan
una sola vez, al tamaño natural — sin asignacion en el bucle del reactor.

Verificado en QEMU (screendump + sendkey): arranque teselado con hola
enfocada; Alt+Espacio cicla a CenteredMaster y las apps estaticas
conservan su contenido; Alt+J mueve el foco; las teclas llegan solo a la
app enfocada. Cierra la Fase 8 — el compositor teselante e interactivo.

Co-Authored-By: Claude Opus 4.7 <noreply@anthropic.com>
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sergio
2026-05-22 19:19:21 +00:00
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@@ -342,6 +342,36 @@ de siempre; es el arquitecto quien decide en qué pared colgarlo, y la casa
quien lo centra con cuidado en el espacio que le tocó. Nadie tuvo que cambiar
para vivir mejor repartido.
## La casa atiende
El arquitecto sabía repartir los cuartos, pero su plano era de piedra: una vez
puesto, no se movía. Hoy la casa aprendió a obedecer. Quien la habita puede
pedirle, con un gesto del teclado, que reordene las habitaciones —de una
disposición con una pieza grande a un lado a otra con la pieza central—; y el
arquitecto, en un parpadeo, las reparte de nuevo.
Pero reordenar tiene un peligro. Algunos inquilinos pintan su cuadro una sola
vez, al llegar, y luego se quedan quietos —la cronista es así—. Si la casa
moviera su cuarto, la pared nueva quedaría en blanco: el inquilino, dormido, no
sabría que debe volver a pintar. La casa lo resolvió con delicadeza: de cada
cuarto guarda una fotografía del último cuadro. Cuando reordena, no despierta a
nadie; descuelga las fotografías y las vuelve a colgar, ya encuadradas, en las
paredes nuevas. El que dormía sigue durmiendo, y su obra reaparece intacta.
Y la casa aprendió, además, a mirar. Ahora hay siempre un cuarto ENFOCADO —el
que tiene la atención—, y se le reconoce por un marco de luz índigo; los demás
llevan un marco gris, discreto. Con dos teclas se pasea esa luz de un inquilino
a otro. No es un adorno: es una decisión. Porque desde hoy, cuando alguien
teclea, sus palabras ya no se gritan a toda la casa —como hasta ayer—; se
entregan, en privado, sólo al inquilino que tiene el foco. Se le habla a quien
se mira.
Detrás de esa cortesía hay una disciplina estricta. La campanilla del teclado
—la interrupción— es impaciente y no puede esperar a nadie; por eso jamás toca
los libros de la casa. Sólo deja una nota breve en un casillero a prueba de
prisas, y sigue su camino. Es el arquitecto quien, más tarde y con calma, lee
la nota y mueve los tabiques. Nadie se pisa; nada se traba.
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*El diario continúa. La próxima página la escribirá la próxima jornada.*