feat(renaser): Fase 7b — boot siembra la imagen, muere el include_bytes!

El kernel deja de empotrar el userspace por completo. Ya no carga ni un
solo .wasm: es boot quien siembra el disco con el grafo poblado.

- kernel/almacen.rs y manifiesto.rs migran al nucleo compartido `formato`
  (tipos, postcard, BLAKE3, trazado de registros). El kernel pierde los
  include_bytes!, genesis() y sembrar_genesis().
- boot::sembrar_grafo siembra un disco virgen con el bytecode de las apps
  (deduplicado) y el Manifiesto de Genesis anclado en el superbloque.
- cargar_userspace sin rama de siembra; wasm/mod.rs sin TECHO_MEMORIA.
- alias `cargo kernel` -> --manifest-path (esquiva un ICE de cargo con
  formato compartido entre el kernel y boot via artifact-dep).

Verificado en QEMU (screendump): disco virgen -> boot siembra 5 objetos,
el kernel monta su grafo; segundo arranque -> boot respeta el disco, la
cronista persiste. formato: 5/5 pruebas.

Nota: el crate `formato` y los 3 Cargo.toml entraron antes en 43e6b32 por
un `git add -A` de un trabajo concurrente; este commit cierra el resto.

Co-Authored-By: Claude Opus 4.7 <noreply@anthropic.com>
This commit is contained in:
sergio
2026-05-22 18:29:23 +00:00
parent 43e6b32e15
commit 7695dbf3ce
13 changed files with 415 additions and 342 deletions
+29
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@@ -263,6 +263,35 @@ puerta que no quiso abrirse.
A los ojos casi no cambió nada —las mismas cinco ventanas, encendiéndose—.
Pero por dentro la mudanza fue total: las casas ya no vienen en la maleta.
## El último mueble sale de la maleta
La jornada pasada presumió de una mudanza completa, y mintió un poco. Era
cierto que el kernel ya abría su cuaderno y traía a los inquilinos desde el
disco; pero guardaba, doblada en un bolsillo, una copia de todos ellos. Por si
acaso: si alguna vez despertaba en una casa vacía —un disco recién estrenado—,
sacaría esa copia y amueblaría él mismo la casa desde cero.
Hoy ese bolsillo se vació. El kernel ya no lleva encima a nadie: ni una copia,
ni una semilla, ni un recuerdo. Viaja, por fin, ligero de verdad.
¿Y quién amuebla entonces la casa nueva? Quien la construye. Antes, el albañil
—el que funde los planos y levanta los muros— entregaba las llaves de una casa
desnuda. Ahora, antes de entregarlas, entra, sienta a cada inquilino en su
habitación y deja sobre la mesa el cuaderno que dice quién vive dónde y cuánto
sitio se le presta. El kernel, al llegar, ya no encuentra una casa vacía que
llenar: encuentra un hogar tibio, y sólo tiene que abrir las puertas.
Para que esto fuera posible hubo que hacer algo callado pero esencial: que el
albañil y el inquilino hablaran el mismo idioma. Se redactó un pequeño
diccionario común —cómo se nombra una habitación, cómo se describe a un
inquilino, cómo se anota una página del cuaderno— y se entregó una copia a
cada uno. Así, lo que el albañil escribe es, letra por letra, lo que el kernel
lee: ninguna palabra se pierde en la traducción, porque ya no hay traducción.
Hay una sola lengua.
A los ojos, otra vez, casi nada cambió: las mismas cinco ventanas. Pero la
maleta del kernel, esta vez sí, está del todo vacía.
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*El diario continúa. La próxima página la escribirá la próxima jornada.*